sábado, agosto 20, 2011

AMAR CON LAS MANOS ABIERTAS

 Esta semana mientras conversaba con un amigo recordé una historia que había escuchado en el verano:
A una persona compasiva, viendo que una mariposa luchaba por liberarse de su crisálida, y deseando ayudarla, con mucha delicadeza, soltó los filamentos  para formar un agujero. La mariposa fue liberada , emergió del capullo  y aleteó a su alrededor, pero no podía volar .  Lo que la persona compasiva no sabía era que sólo a través de la lucha por nacer pueden fortalecerse las alas lo suficiente como para volar.  Su abreviada vida transcurrió en el suelo, jamás conoció la libertad , jamás vivió en realidad.

Yo llamo a esto aprender a amar con las manos abiertas. Es un aprendizaje que me ha sobrevenido lentamente y que ha sido trabajado en los fuegos del dolor y en las aguas de la paciencia. Estoy aprendiendo que debo liberar a quien amo, porque si oprimo o me adhiero, o trato de controlar, pierdo lo que quiero       retener.

Si yo quiero cambiar a alguien que amo porque siento que sé como debería ser esa persona, le robo un precioso derecho, el derecho de asumir la responsabilidad de su propia vida, de sus elecciones y de su modo de ser. Siempre que impongo mis deseos,   mis necesidades o trato de ejercer poder sobre el otro, le robo  la plena realización de su crecimiento y de su madurez. Limito y sofoco con mi acto de posesión, sin importar cuán amable sea mi intención. Yo puedo limitar y herir con los actos más amables de protección y de preocupación y le estoy diciendo a la persona muy elocuentemente y sin hablar  A Eres incapaz de cuidar de ti mismo, yo debo protegerte porque eres cosa mía. Yo soy responsable de ti.

Mientras aprendo y practico, más y más puedo decirle a quien amo:

Yo te amo, te valoro, te respeto y confío que puedes tener o puedes desarrollar la fortaleza, para llegar a ser todo lo que es posible que seas sin que yo interfiera en tu camino. Te amo tanto que puedo darte la libertad para caminar a mi lado en alegría o en el dolor. Compartiré tus lágrimas, pero no te pediré que no llores. Responderé a tus necesidades, te consolaré y te daré afecto, pero no te llevaré del brazo cuando puedes caminar sola. Estaré dispuesto a estar contigo en tu dolor y en tu soledad, pero no puedo suprimirlos de ti. Me esforzaré por escuchar lo que quieres decir , pero no siempre estaremos de acuerdo.

Algunas veces tendré rabia y cuando esto ocurra te lo diré abiertamente de modo que no se resienta la amistad por las diferencias. No siempre puedo estar contigo para oír lo que tienes que decir, pues hay  ocasiones en las que yo tengo que escucharme y cuidar de mí mismo y, cuando esto suceda, seré tan honesto contigo como pueda serlo.
 
Estoy aprendiendo a decir esto, ya sea con palabras o a través de mi modo de ser con los otros y conmigo mismo, con quienes amo y a quienes me consagro. Y llamo a esto, amar con las manos abiertas.

No siempre puedo mantener las manos lejos de la crisálida, pero poco a poco voy mejorando.


Con cariño para todos ustedes.
Hasta la Próxima.

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